Regalo de Cumpleaños
 
Esa mañana había amanecido como casi todas. Era jueves y solo eso le bastaba para ser feliz. Pero además era 10 de julio y de 1980. La niñez no permite distinguir mucho entre un día de sol brillante y uno oscuro de lluvia. En la niñez todos los días son un pasaporte a la imaginación y diversión, pero ese día sería especial. Cumplía años y sin saberlo, un amor infinito se prendería definitivamente a su corazón.

No podía distinguir entre el bien y el mal. Para él estaba casi todo bien. Tenía a su mamá, apurada pero feliz, en la cocina preparando el chocolate y el café de olla para acompañar el pastel en la noche. Tenía a su papá que, recién llegado de un día más de trabajo, deambulaba nervioso de un lado a otro. No sabía la causa, pero lo veía inquieto. Tenía una hermana más chica, con quien compartía de vez en cuando una sonrisa cada que se daba una vuelta por su cuna improvisada; hecha de 2 mecates gruesos colgando del techo unidos por una cobija, simulando casi a una hamaca.

Vivía en una casa aún en construcción por su padre, que cada que podía estiraba la quincena y apretaba un poco el gasto del hogar para poder hacerse de un par de tabiques, un metro de grava, uno de arena o un bulto de cemento y ponerse a terminar de levantarla poco a poco después de regresar del trabajo. Aunque por el momento los cuatro vivían en un cuartito provisional, el resto de la casa era amplia, permitía conocer y reconocer lugares a medida que crecía. Pero había un lugar importante al que no tenía acceso: el último cajón de arriba de uno de los muebles que hacían de ropero. Ahí se guardaba algo más que valioso: una camiseta de La Máquina Cementera, como ya se le venía llamando a Cruz Azul desde hacía pocos años atrás.
En el comedor una pequeña mesa de madera se vistió de fiesta con vasos, servilletas, mantel blanco, el pastel de tres leches acabado de comprar, el chocolate y el café recién salidos de la estufa. Todo listo para recibir invitados (los tíos y la abuela) pero, por orden precisa de su padre: “¡Después de las 9pm!", hasta esa hora quería estar solo.
La vida luego le demostró que hay cuestiones que no se comparten con quienes no son presos de la misma pasión que uno. Debía ser por eso de las cábalas, vaya uno a saber.
El foco de apenas de 40watts no alcanzaba para alumbrar todos los rincones. El padre había colgado otro foco adicional y cruzó entre pared y pared muchos globos azules y blancos que finalizaban la decoración entorno al comedor. Todo estaba preparado para el cumpleaños del niño, pero la tele, que siempre se retiraba cuando se utilizaba el comedor para ocasiones como esta, permanecía ahí.
Quiso preguntar pero el padre lo miró, le guiño un ojo y le dijo que guardara silencio, que después se lo iba agradecer... En algún momento de la tarde, su padre apareció por el patio, lo levantó en andas y se lo llevó para el comedor. Al niño le llamó la atención verlo con la camiseta de Cruz Azul, esa que casi siempre estaba guardada en el ropero por el temor a desgastarla, cada vez un poco más de lo que ya estaba, pero se dejó llevar.
Se sentaron frente al viejo televisor y él sentado sobre sus piernas. Podía escuchar el golpeteo de su corazón. Podía sentir como los nervios distribuidos en el cuerpo de su padre, se metían en el suyo. Las imágenes blanco y negro mostraron un estadio en Nuevo León repleto. Mucho no entendía, pero cuando se produjo aquel zapatazo maravilloso de Rodolfo Montoya al minuto 86' que recordará toda su vida, y pocos minutos después el silbatazo final del árbitro, solo recuerda haber sido levantado y despedido al aire, para ser recibido por el rostro sonriente de su padre casi contra el suyo unas 3 o 4 veces.
Descubrió qué era la felicidad. Descubrió un rostro enrojecido de alegría. Descubrió dos lágrimas rodando sobre las mejillas de su progenitor. Primero se asustó, pero luego se dio cuenta que su padre ese día le había metido a su cuerpo la enfermedad, la pasión, la mística y sobre todo la seguridad de que 3 días después, en el partido de vuelta el 13 de julio de 1980 en la capital del país, nada ni nadie podría impedir que celebraran el bicampeonato y la séptima estrella conseguida por su Máquina.
Y él celebraría para toda su vida, haber nacido de Cruz Azul.



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